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Crímenes resueltos por la grafología

DELATADOS POR NUESTRAS PROPIAS MANOS

Esta técnica fue decisiva en casos como el asesinato de Anna
Permanyer

Por: Xiana Siccardi

Esta técnica que hoy usan todas las policías fue decisiva para
resolver casos como el asesinato de Anna Permanyer.

La grafía extremadamente angulosa de un maltratador, la letra
redondeada y con diferente presión característica de muchas
jóvenes anoréxicas, la fragmentación lineal de la esquizofrenia
o, en el caso de los trastornos depresivos, “la escritura
descendente, finales caídos, barras de t caídas o ausentes,
escritura floja y laxa, sin relieve, empequeñecida y puntuación
ausente”, son algunas de las máximas generalidades de la
grafología, aplicada a la rama forense y psiquiátrica.

La voluntad de explicar esta disciplina corre a cargo de dos
reputados grafólogos Francisco Viñals y María Luz Puente, en su
nuevo libro ‘Grafología Criminal’ (Herder), que analiza
minuciosamente estas alteraciones con ejemplos gráficos y
reproduciendo cartas reales, para luego detallar con ejemplos
las caligrafías de personajes tristemente célebres, desde Adolf
Hitler, pasando por Jack El Destripador, el atracador «El
Solitario», y los asesinos Tony King y Carmen Badia, la mujer
condenada por matar a la psicóloga barcelonesa Anna Permanyer.

El volumen pasa, caso por caso, de los trazos “flojos y tensos”
de una persona bipolar; o la manifestación de un acusado estrés
en el llamado “efecto acordeón» de soltura y apretujamiento de
la escritura. En nuestro trazo se muestra, incluso, si existen
acusados estados de ansiedad que llevan a un conjunto de
escritura “entrecortada, agitada con cambios bruscos de
dirección, casi siempre inclinada y acentos afilados”. Analiza,
también, el llamado «temor circunstancial», delatado por
«grandes espacios en blanco, bolsas en el margen derecho,
lapsos, torsiones, inhibiciones, saltos y temblor”.

Prácticamente todas las patologías tienen una correlación
caligráfica. Es el caso, por ejemplo, de un pirómano analizado
en el libro, cuya firma tachada sobre sí misma refleja “la
autoanulación o descontento de su propia personalidad”, con
algunos ejes superiores sobrealzados que “indicarían la
aspiración a llegar a un status; pero la escritura es floja,
motivo por el que no hay fuerza de voluntad: se deja llevar por
los estímulos, por las tentaciones, y como quiere hacer algo
grande, en el sentido negativo lo consigue incendiando los
bienes de los demás”.

La excitación causada por la cocaína, como otro ejemplo, lleva a
“un engrandecimiento del grafismo, una magnificación que muchas
veces va acompañada de la necesidad de escribir en mayúsculas»,
aunque lo más común en los casos generales de drogadicción son
«las alteraciones de la presión y los temblores”.En sus más de
500 páginas, este nuevo volumen explica que la aplicación de la
grafología en la forensia se desarrolló, primero, en los
servicios secretos, y actualmente “no hay una sola élite
policial que no se sirva de ella”, de la misma forma que la
utilizan los médicos, “sobre todo, para dictaminar sobre notas
suicidas”. El objetivo final es, en todo caso, que el juzgador
pueda formarse una opinión apoyándose en “el estado psicofísico
del analizado”.

El estudio de los grafólogos menciona, también, el caso de dos
adolescentes que habían desaparecido, y se trataba de averiguar
si lo hicieron en contra de su voluntad o por motivación propia.
Los investigadores vieron “letras desligadas y con rasgos de
presión ascendente” en el caso de un chico, y síntomas de
inadaptación en el caso de una chica de 18 años, cuya caligrafía
tenía “una inclinación invertida, con algún rasgo sociopático:
mezcla de mayúsculas con minúsculas con trazos infantiles”.
Huyeron por propia voluntad. Centenares de ejemplos con los que
nuestras propias manos nos delatan. El análisis que derivó en
condenaEl análisis grafológico más decisivo en un juicio
celebrado en Barcelona fue el que se realizó en el famoso
caso Permanyer. El asesinato en extrañas
circunstancias y sin móvil claro de una psicóloga, Anna
Permanyer, llevó a la detención de tres personas, siendo la
principal acusada la inquilina de una de sus propiedades, Carme
Badía.

Pero cojeaba el móvil del crimen. Como dijeron los
investigadores, la acusación se basaba en “muchos indicios, pero
sin una prueba concluyente”.El jurado basó la culpabilidad de
los dos acusados en pocos elementos. Uno era un pelo de uno de
los procesados, Joan Sesplugues, en el cadáver. El otro, un
contrato de arras: la supuesta venta del piso arrendado de
Permanyer a la inquilina, Carme Badía. Cosa extraña, ya que la
familia de la víctima juró y perjuró que Anna no quería
venderlo.

Pero había algo que chirriaba en las firmas del contrato. Anna
Permanyer siempre había sido muy cuidadosa y pulcra en la firma
de los documentos oficiales.

El grafólogo Viñals se encargó de analizar la rúbrica, y aportó
al jurado un dictamen concluyente: Anna Permanyer firmó de forma
muy distinta, de manera “atormentada”, incluso en lugares donde
no correspondía. Apuntó, inclusive, que esa firma podría haber
sido estampada bajo una presión no sólo de su propia mano, sino
obligada físicamente por terceros. El jurado les declaró
culpables.

En su libro, Viñals va más allá y analiza la letra de la
asesina, Carmen Badía. Resalta “la s ocultante con
guadaña afilada en la zona inferior junto con otros trazos a
modo de objeto cortante, barras de t y trazos en
diagonal ascendente” o “disparos acerados, formas angulosas en
trazo inferior, cambios de presión, letras repasadas o
congestionadas, que son también reflejo de desviaciones de la
fuerza libidinal que tantas veces encontramos en las escrituras
criminales”.

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